Las Pinturas de Lucas

Lucas: Un pintor que busca el futuro en el pasado que se evapora.

  

 

Venido del Renacimiento, de las pequeñas cosas, Lucas es un artista que se pierde en el pesado transcurrir del presente. Que busca el futuro, como una proyección incesante, pero que adora el recuerdo para componer las imágenes de una vida que se evapora.

Lucas, así lo conocen en la sevillana Puerta de la Carne donde nació, se lanzó al arte nada más descubrir la vida. Quizá fuera al revés, descubre la vida a través del arte.

Por eso abandonó su pequeña patria, la de sus amigos, los recuerdos y los libros, para cruzar el Atlántico y  vivir de la bohemia Neoyorkina. Buscaba el arte. Allí se acostumbró a ver a gente sin rostro a vivir de los dólares que conseguía tocando la guitarra - su primera pasión - en los Cofees de Virginia. De aquel tiempo, guarda con especial cariño el retrato que hizo a un pequeño filósofo, cocinero del local donde tocaba. Por los trazos del carboncillo, seguro que lo pintó como acostumbra, en una de las mesas del bar, a mano batiente, para que el arte fluya desde lo más interior, sin pensar siquiera en el arte. Como pago, <<Mr. Lee me dió un consejo: comprensión, brother, comprensión>>.

Tras la vuelta de América, Lucas entendió que la pintura era su verdadera pulsión artística. Por eso, abandonó la guitarra y se sumergió en la técnica del retrato, que había descubierto de manos del afamado irlandés Ken Kilpatric.

 

 

Tras una primera etapa, en la que el realismo le dió para sobrevivir, Lucas encontró su propia técnica, la <<no-técnica>>, la que fluye del interior para plasmar el SER, el estado de ánimo, la soledad, la desesperanza. << Me busco a mi para encontrarte a ti>> me dice con gestos agitados este genio.

Fruto de esta nueva concepción pictórica son las últimas colecciones de pinturas y retratos que Lucas lleva casi una década creando y exponiendo y cuyo éxito entre el público ha demostrado la capacidad comunicativa de este increible artista.

Lucas es un extemporáneo de esa vida que se desploma día a día. No se reconoce en el mundo del dinero, la competencia exacerbada, ni siquiera en el de la envidia o la maldad. Y eso le hace pintar a gente sin rostro, de espaldas al verdadero acontecer que no descubren, como sombras en el verdadero mundo que Lucas sí ve.

Pese a su integridad de artista - Lucas también es poeta y tocaba a Machado antes que Serrat -  su arte está de espaldas a los circuitos comerciales. Él sigue buscando a su pequeño Dios entre la niebla: el arte que es su vida.

 

(Andrés Muriel. 4 de Julio de 2004)

Lucas en el Paraiso

                                                                                                              
Lucas es uno de esos raros ejemplares que aún no dispone de un nombre en latín para ser designado, por más que su singularidad lo lleve demandando hace varios lustros. Ese nombre, de encontrarlo en latín para aplicárselo a Lucas como si se tratara de un hallazgo científico que nos ayurada a comprender, por fin, al género humano, habría de hacer referencia a la manía de pintar por las paredes, a la creación compulsiva, al presente como única vocación.
Pertenece Lucas a ese tipo de gente que no cree en el futuro y que hace del presente su patria, por más que, como los romanos, haya tenido un pasado glorioso. Es un producto típico del 68, de aquella época tan denostada ahora no sabe uno si porque la gente prefiere hacer la guerra antes que el amor. Lucas nunca estuvo enamorado de ningún trabajo, porque prefiere enamorarse de las mujeres.
Cuando nació su hija abrió un bar, y el lugar del bote advertía el destino de las propinas "para pañales"... Luego la niña creció, dejó de usar pañaes y Lucas comprendió que si seguía con el negocio podía hacerse rico, así que lo cerró aprisa y corriendo, para seguir dibujando ,leyendo, escribiendo.

Le basta una punta de carbón y un trozo de pared encalada aunque con desconchones para trazar un retrato de perfiles velazqueños. No es ninguna actividad productiva sino una manera de comunicación.

Por ejemplo, Lucas llega a una cafetería, se sienta frente a una mujer o un jubilado y en el primer caso, no le pregunta si estudia o trabaja y, en el segundo, no le habla del tiempo, sino que saca sus lápices y su cuaderno y los retrata con trazo rápido, nervioos y preciso, como un cirujano en Verdún.

Esa es su forma de hablar.

Y no es que Lucas no sepa hablar como todo el mundo, claro que no. Puede hablar más que cualquiera, y además hacerlo con todo el cuerpo, moviendo los ojos como una actriz de Hollywood y, a la vez, gesticulando con las manos como un jefe arapahoe, porque hay pocas personas tan expresivas como él. Si tuviéramos alma, podríamos decir que habla con el alma. Lo que pasa es que esa expresividad no encuentra en la palabra un cauce de las dimensiones apropiadas.

Lucas comprueba que los de su época hace ya demasiado tiempo que se metieron a ejecutivos, y que en la Puerta de la Carne, su barrio y el mio, parece como si sólo hubiera turistas. Y debe ser el único sevillano de su edad que transita en bicicleta. El único pintor de su edad que no sabe qué es un agente, un marchante, un representante. Hay que se pregunta si sabrá lo que es una galería de arte.

Igual que un veterano del Vietnam  no olvida el olor del barro fundido por el napalm, Lucas no olvida el olor de la vida, no olvida que hizo una larguísima mili en las filas de la bohemia, en campamentos como Nueva Orleans, San Francisco, Nueva York y en las viejas capitales europea, donde las notas de su guitarra sobrepasaban los crujidos de los tranvías achacosos. Ese tiempo, el del olor a libertad, no ha pasado porque no pasará nunca, pero sí han transcurrido los años y Lucas ha dejado de reconocer el rostro de la gente porque ve a casi todos iguales y por eso, tal vez, en sus cuadros hay gente sin rostro. Pero eso no supone ningún grito, ninguna pesadilla, porque son cuadros llenos de color, en el mejor sentido de la palabra color. Son cuadros con ternura. En casi todos ellos aparecen niños o perros que se ofrecen como mascotas ideales, hay abrazos y, aunque no haya ojos, hay miradas al horizonte. Y donde hay ternura, hay lugar para el humor, y entonces se escapa un globo y todos sonrien...

Quizás se dé la paradoja de que la misión de Lucas sea seguir pintando en las paredes para que la gente tenga rostro, como si Lucas fuera un Adán primigenio que, en vez de nombre, otorgara un rostro a cada una de las criaturas de la creación. Dejémosle, pues, pintar, y no le expulsemos del Paraíso.

 

 

(Alfredo Valenzuela para el catálogo de la exposición Gente (Diputación de Sevilla, Sevilla, 2004)